Lo escribo así, en latín, al gusto de la taxonomía académica. Porque no me refiero al SARS CoV-2, que ahora está de moda llamar CoVID. Porque llega un momento en que las siglas nos llevan a una neolengua simplificadora.
Dicen los medios periodísticos que estamos en la quinta ola, mientras pasan de puntillas por lo verdaderamente enjundioso. Sí, parece que hay resistencia a llamar por su nombre a los riesgos y por eso las autoridades prefieren dedicarse a los aforos y perímetros.
Hay una verdad incontestable: sin relaciones humanas no hay contagios. Luego hay una gradación de riesgos que alcanzan el máximo en contextos de relación humana cercana en locales cerrados o poco ventilados, o en grupos humanos desprovistos de mascarilla o en los que hay sujetos entregados a inhalar y exhalar humo de tabaco entre tragos de alcohol.
Para un visitante extraterrestre dotado de inteligencia puede resultar sorprendente que las decisiones de salud pública acaben siendo juzgadas por tribunales constitucionales, o que un político que estudió bachiller de letras .las ciencias duras se le atragantaban opine cosas como que tomar cañas es una actividad de lo más saludable.
Venga a promover la actividad turística, las peregrinaciones, fiestas gastronómicas y conciertos. Veremos que ocurre a mediados de agosto, cuando los políticos empiecen a desear no haber hecho declaraciones optimistas y habaer promocionado una mayor movilidad y celebración.
Sinceramente, hay personas que creen que si las autoridades de una comunidad permiten reunirse hasta seis personas no convivientes, ese tipo de reuniones tienen garantía de seguridad. Una cosa es que acotar las reuniones facilite el rastreo si hay contagios y otra es que haya tal seguridad o pueda garantizarse.
En todo caso, como me decía un amigo, nadie me va a preguntar qué creo que es lo mejor
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