Durante la práctica de la quietud la mente detiene su runrún y la experiencia se convierte en pura sensación, pura percepción. Los juicios de valor, surgen, se dejan pasar. De modo que el silencio interior es como una trama de hilos finos, prácticamente invisibles, en tres dimensiones.
El núcleo más profundo del silencio vibra muy sutilmente, sin hacer ni siquiera un suave zumbido. Cuando habitamos el núcleo, los pensamientos se ven como estrellas fugaces; los juicios se desvanecen en neblina, y la percepción pura carece de límites convencionales. No hay dentro y fuera; ni mío, tuyo, suyo; ni arriba o abajo.
El núcleo es el centro del Universo perceptible, el centro del Ser indiferenciado y consciente.
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